Segunda Noche–Cuento del tercer Jeique

¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro. Estaban conversando y se besaban haciéndose zalamerías, riendo y excitándose con juegos. Al verme, ella se levantó súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: «¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!» Inmediatamente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando hasta llegar a una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: «¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación». Y repuso el padre: «¿Pero dónde está ese hombre?» Ella contestó: «Ese perro es un hombre. Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo».

Y su padre le dijo: «¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía». Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: «¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!» Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: «Quisiera que encantases a mi mujer como ella me encantó». Me dió entonces un frasco con agua, y me dijo: «Si encuentras dormida a tu mujer, rocíale con esta agua y se convertirá en lo que quieras». Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: «¡Sal de esa forma y toma la de una mula!» Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits».

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: «¿Es verdad todo eso?» Y la mula movió la cabeza como afirmando: «Sí, sí; todo es verdad».

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.

En aquel momento Schehrazada vió aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!» Y Schehrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme». Y el rey se dijo: «¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso».

Después el rey y Schehrazada pasaron enlazados la noche hasta por la mañana. Entonces el rey marchó a la sala de justicia.

Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diwán de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dió órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diwán y el rey volvió a palacio.

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